martes, 21 de abril de 2009

Saber decir adiós

Dicen que a nuestra vida llegan tres tipos de personas: las que funcionan como extras, es decir, pasan sin pena ni gloria, las que son efímeras pero efectivas, o sea, que estuvieron en nuestra vida por un corto lapso de tiempo pero causan gran impresión (sea negativa o positiva) y las que siempre, o por muchos años, permanecen dentro de nuestra existencia, ya sea cerca o lejos, y que también, sin ánimo de ser dramática, pueden ser benignas o malignas.

Por extraño que parezca, a veces es difícil distinguir unas de otras, me refiero a las malignas de las benignas, a veces, no a ustedes ni a mi claro, a otros que leen otros blogs principalmente, nos cuesta entender que hay presencias que necesitan ser erradicadas inmediatamente.

El problema es que no es tan simple, como la mayoría de las cosas en la vida, a veces uno cree que está cerrando un círculo y resulta que se pasa los años de los años en el proceso.

En fin, todo esto para compartirles una canción que habla del punto en que sabes que aquella persona que llegó años atrás como algo bueno, comienza a transformarse en un monstruo voraz; de cuando sabes que tienes que decir adiós por que ya fueron demasiados años de tormento, aunque aún te aferres a la esperanza del mañana, o de lo que pudo ser.

Todo esto para decirte adiós.

Good bye my lover by James Blunt

jueves, 16 de abril de 2009

I dreamed a dream o la lección de Boyle

Hoy, víctima de una melancolía repetida me dediqué a leer y leer, buscando, quizá, algo que reanimara un poco los pensamientos. Leía ahora en la red, como muchas veces lo hago, páginas, perfiles, blogs, artículos, reseñas y más.

Revisando el blog de Ángeles Mastretta, específicamente su última entrada titulada, Por más que el cielo llueva, leí acerca de una mujer llamada Susan Boyle. ¡Guau! Me atraganté de lágrimas, misma recomendación: Por favor vean el video.

Mujer de 47 años, mal vestida y con un físico nada envidiable. ¡Abajo la primera impresión! Esa cuestión absurda que nos hace juzgar (y rechazar) a las personas tan sólo con verlas, que porque no parece modelo de revista, le sobran kilos y su outfit no es adecuado.

Tristeza porque todos, sí lo acepto, alguna vez hemos juzgado al feo, al chaparrito, al gordito, al de pelos de escobeta, al cegatón, al mal encarado, al mal vestido, al olvidado. Debo reconocer que en más de una ocasión me he llevado gratas y asombrosas sorpresas, como ahora con Susan Boyle, pero ¿Qué hay de aquellos a quienes ni siquiera damos oportunidad de descubrirse? ¿Qué hay de sus cualidades, de sus aptitudes, de sus sueños? Nuestra pérdida.

También el otro lado de la moneda. Las veces que me he sentido discriminada por no llevar tacones de 12 cm, outfit de revista, cabello rubio platinado y la última bolsa de Louis Vuitton (cuyo nombre tuve que googlear, obvio).

Susan Boyle, gran lección en tan banal medio y mundo, abajo los estereotipos, arriba las personas que luchan por sus sueños sin importar la edad, las apariencias, las burlas (¡vean las caras que le hacen a esta pobre mujer!) y las dificultades…

En fin, anima, puso lágrima y sonrisa, anima a seguir adelante, a seguir soñando nuestro sueño, y si los demás no pueden, o no se atreven a ver en nosotros más allá de nuestra apariencia, será, sin duda, su más grande pérdida.

Aquí el link en inglés:
http://www.youtube.com/watch?v=9lp0IWv8QZY

con subtítulos en español:
http://www.youtube.com/watch?v=A4oSt-JBwfs&feature=related

miércoles, 1 de abril de 2009

La señora de los gatos

Les comparto un ejercicio que hice para el taller de novela,
es un pequeño cuento para iniciar el mes y ¡no tener tan olvidado el blog!



¿Ahorré tanto para esto? Esta vieja me vino a arruinar todo, de verdad. Desde la primera vez que la ví, adivine que traería problemas, supe en seguida que era como de mi edad, aunque, como andaba tan arregladita y bien peinada aparentaba menos, creo que me recordó un poco a cuando yo llegué a comprar este departamento hace tres años, pero juró que desde que la ví sentí desprecio, sobre todo al acercarme y descubrir que tenía algunos pelos peculiares pegados a su ropa y eso no podía ser buena señal.

Me tardé un año en encontrar un departamento apropiado, tenía que ser nuevo, en zona super exclusiva, muy contemporáneo y sobre todo lleno de ejecutivos solteros treintañeros en ascenso, eso me garantizaría que no tendría que lidear con niños ni mascotas y que tendría las áreas comunes para mí solita, pues como bien sabía, esa gente solo vive para trabajar y nunca está, ni en los fines de semana que es cuando, si no siguen trabajando, van a Nueva York de compras para sentir que han valido la pena sus esfuerzos.

¡Este complejo era perfecto!, doce departamentos en total, yo compré el último disponible, tipo loft, una recámara, estancia como para una buena fiesta, no es que fuera a tener alguna, pero me gusta la amplitud, y con un jardín bastante generoso. ¡Perfecto digo otra vez!; además, por la cantidad que pagué no pusieron muchas objeciones cuando confesé que tenía cinco gatos.

Era casi una gran casa para mí, ¡es una lástima! porque todas las mañanas después de las nueve todos desaparecían, entonces bajaba con pato, roco, motas, chino y bolas al jardín, se divertían tanto y podía fácilmente pasar toda la mañana admirando sus peripecias por las bancas. A veces, dos jóvenes regresan a la hora de la comida, sólo porque trabajan en el edificio rojo que está aquí al lado, no les contesto ni el saludo, siempre me miran raramente y una vez los escuché diciendome la loca de los gatos. Se sienten tan ajenos a mi mundo, tan por encima y tan mejores, y yo me rió en su cara porque ya viví su vida.

Volviendo a mi problema, resulta que la tonta del penthouse, quién se veía tan improbable, se ha dizque enamorado de su jefe y están a punto de casarse, eso me dijo el conserje cuando le pregunté porque el apartamento estaba en venta. Desde ese día he visto al novio dos o tres veces en el complejo y honestamente no se ve que tengan futuro, aún así la tonta esa le vendió su departamento a mi peor pesadilla.

El día que se mudó no salí ni por asomo, pero la observé atenta desde mi cocina sólo para comprobar lo que tanto me temía, después de los muebles elegantes y los adornos ostentosos, tres horrendos perros bajaron del camión muy petulantes.

Al día siguiente me levanté a las siete decidida a no perder mi territorio, me arreglé en quince minutos y bajé a toda prisa hacia al jardín con pato, roco, motas, chino y bolas, esta vez con sus lindas correas rosa que tenía tres años que no usaba, pero para prevenir cualquier desgracia inesperada. Tal como lo imaginaba bajó la vieja a las nueve en punto con sus tres perros, todos ellos con correas, seguro el conserje le mencionó mi rutina y reaccionó inteligentemente, el escandalo que siguió fue el esperado, ladridos, maullidos, gritos míos, gritos de ella, la sangre que me hervía. Yo no me moví ni un grado y traté de abrazarlos como pude, al final se dió por vencida y subió con mirada derrotada.

Esa misma tarde mientras tomaba mi café, sonreía por la victoria y planeaba mi estrategia para el dia siguiente, esto podría ser divertido, tocaron a mi puerta. Era la vieja, se presentó diciendo:

-Soy Eva Montemayor -cómo si me importara saberlo-, la nueva inquilina del penthouse.

-Mucho gusto, -musité- me llamo Bárbara, ¿En qué puedo servirte?

-Sólo quería presentarme, conocerte y quizá llegar a algún acuerdo sobre nuestro problema, sé que tú tienes derecho de antiguedad pero me gustaría mucho que pudieramos hacer un trato. -Parecía amable, sentí que podíamos ser amigas-

Sonreí a medias y la invité a tomarse un café conmigo, hablamos de cosas muy variadas y triviales, la puse al tanto de como eran los otros inquilinos, reímos un buen rato, finalmente llegamos a un acuerdo. Mientras se despedía dulcemente me dijo tomandome del hombro -cato, toro y dogo son mi única familia, nunca pude tener hijos-. Cuando se alejaba con el rostro envejecido por la tarde sentí lástima por ella, mientras balbucée sin que me oyera: mañana empiezo a buscar otro departamento.