lunes, 23 de febrero de 2009

Silencio veintitrés

A casi siete años de escrito...
Porque no hay veintitrés que no piense en ti...
Para Salvador...






Silencio es veintitrés,
amanece con dolor,
locura de rabia incontrolable,
vacío por muerte accidental.

Angustia de no verte entre la vida,
delirio de encontrarte a cada instante,
ojos necios que no entienden tu partida,
recriminan a la vida su injusticia.

Revolviéndome el estómago el momento,
ironía de la fecha establecida,
veintitrés serán los años que te llore,
en espera de que seas una mentira...

Revolviéndome la vida, la tristeza,
aún no puedo asimilar lo sucedido.

Con asombro idiota me niego y me reniego,
a incluir en ésta fecha aquel estúpido episodio,
solamente finjo que el significado no ha cambiado,
tolerando en mejor forma la peor de mis heridas.

Intentanto hallar tu rostro a toda costa,
liberando torpemente palabras mal compuestas,
le suplico a Dios me devuelva tu presencia,
o le exigo a cambio que también tome la mía.

23 de julio de 2002

domingo, 1 de febrero de 2009

El amor en línea y letra*


El título
El nombre de esta entrada del blog lo tomé prestado de un libro editado en 1999 por la Escuela de Artes Plásticas de Chiapas, donde se combinan ilustraciones y textos de artistas chiapanecos, como un ejercicio de simbiosis entre literatura y artes plásticas. El libro me lo regaló quien fuera el autor de algunas de las ilustraciones, así como del cuadro rojo que cuelga en mi sala; autor también de amores y tragedias, pero esa es una historia aparte.
Me vino a la mente porque pensaba en cómo equilibrar mi amor por la arquitectura, mi profesión y delirio, con mi más reciente affaire: la literatura. Siempre me han gustado las letras, leerlas y escribirlas, aunque confieso que ninguna de las dos cosas había hecho en serio (¡en serio!); irónicamente, el vertiginoso ritmo de la Ciudad de México (más sus interesantes personajes), funcionaron como propulsores para despertar ese interés dormido y ponerme en el dilema de tratar de conciliar, como lo hicieron en el libro, mi interés por las letras y las líneas.

El resumen del proceso
Primero leí algunos textos diferentes a lo que usualmente leo, luego conocí a un escritor cuyas pláticas me aventaban cada vez con mayor influencia al abismo de las letras, después leí un poco más, y supongo que fue en la época en que leía a George Orwell, cuando entre inmensas ganas de escribir y rebelarme en contra del sistema, decidí renunciar a mi trabajo y abrir mi propio despacho, y por supuesto, este blog.
Mi decisión fue la mejor y la más reconfortante, tengo ahora una libertad profesional que quizá nunca había sentido y el trabajo en el despacho no ha faltado; el siguiente punto era atacar las letras y para eso entré a un curso que cubre el tema.

La tan esperada primera clase
Verán, todo iba de maravilla, era el primer día del curso y yo no podía ser más feliz, como primer ejercicio escribimos esa noche un pequeño cuento, y yo, farolera como siempre, busqué en los rincones más recónditos de mi mente una historia tan nueva e impactante, que dejaría boquiabiertos a mis compañeros, y ¿porqué no?, al profesor.
Excelentes historias se contaron, cuando llegó por fin mi turno leí con suma devoción mis más recientes palabras. Tras cuartilla y media llegué al glorioso desenlace, espere un momento para levantar la vista y ahí estaban: todos boquiabiertos, sí, boquiabiertos, incluso el profesor tardó algunos segundos en articular palabra: -¿Qué opinan?-, dijo. Dicho esto, todos comenzaron a opinar desconcertados, sí, desconcertados, resulta que NADIE, repito NADIE, había entendido la historia y en un intento por descifrarla inventaron cualquier cantidad de tramas que ni remotamente se acercaban a lo que yo había querido decir (permítanme soltar una carcajada).
Alguien menciono en la clase que lo que escribes revela mucho de ti, ¡Qué horror! ¿Seré entonces inentendible, misteriosa y complicada? (otra carcajada).

El meollo del asunto
La cuestión es que aunque recién me di cuenta que mi mente trabaja de una forma extraña, me reconforta el hecho de recordar que Roma no se hizo en un día y que, de una forma u otra, estoy haciendo las cosas que me gustan, que me apasionan, que me llenan; con el consabido pánico que da no contar con el cheque quincenal, pero con el optimismo, quizá demasiado ingenuo, de pedirle a la vida un poquito más…